“Un motín es el lenguaje de los no escuchados.” Martin Luther King

María Paula Rueda

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Nuestro país, nuestro continente y nuestro planeta están experimentando explosiones sociales a una escala, que al menos yo, en mis casi 40 años de vida, nunca había presenciado. Jamás había visto en mi país, Colombia, a tantas personas salir a la calle para manifestar su descontento y su deseo de cambio. Para algunos esto será un acto justificable y justificado, para otros una necedad innecesaria que desacomoda la movilidad, afecta a la economía y trae el riesgo colateral del vandalismo. Sea cual sea la perspectiva desde donde se mire es innegable que algo profundo se está moviendo en la sociedad, algo que no se calma con más promesas ni con reprimendas, algo que no se ahuyenta con gases ni con sutiles cambios en la manera de administrar el dinero y el  poder. Miles piden un cambio contundente y de raíz. 

Entonces leí la frase de Martin Luther King que encabeza este escrito y pensé, ¿qué estamos diciendo como humanidad cuando protestamos? Cada cual tendrá motivos para salir a marchar, cantar y alzar su voz. Algunos de esos motivos afectan directamente su economía, su posibilidad para acceder a la educación, su indignación por la rutilante y descarada corrupción de los gobernantes que ellos mismos escogieron, la vergonzosa injusticia, la desigualdad social. Sea cual sea la causa, según Manuel Castells, sociólogo y economista español, los humanos a lo largo y ancho del Globo estamos pidiendo esencialmente dignidad. Ser vistos, ser escuchados, ser atendidos y ser tomados en cuenta como seres humanos con derechos y necesidades. 

La dignidad es algo que ricos y pobres, del norte del sur, del campo o de la ciudad, con mucha o poca educación, necesitan porque son esencialmente humanos y quieren vivir bien. Las diferencias de clases, género y origen no parecieron generar brechas a la hora de marchar y ondear las hermosas banderas de Colombia en las diferentes plazas y calles del país. Por el contrario, muchas de las personas que conozco y salieron a marchar sintieron una atmósfera de cohesión y complicidad  entre extraños que al menos a mi, me han resultado conmovedoras hasta las lágrimas, especialmente en un país con heridas sociales tan profundas que han derivado en una dolorosa guerra, desconexión y desconfianza en el otro. Lo que presenciamos algunos de nosotros a través de tambores, cacerolazos, violines y cantos fue un clamor profundo pidiendo que no haya más violencia, que Colombia viva en paz, y que esta deuda histórica de promesas aplazadas encuentre de una vez por todas su fin. 

Así es que si queremos escuchar más profundamente ese llamado que surge de lo profundo de la necesidad humana, si tenemos en cuenta lo evidente que está sucediendo no parece muy útil polarizarnos, odiar, agredirnos desde la palabra y las acciones, querer tener la razón y desatar discusiones enardecidas gobiernistas y anti gobierno. Eso es una versión sin armas de esa guerra de la cual todos estamos hartos. Generar más distancia entre amigos, familias y algunos de esos buenos desconocidos con los que compartimos redes sociales es otra forma de vandalizar.   Así es que te quiero pedir que renuncies a esos actos cotidianos de guerra que todos hemos desatado. Te invito a escuchar al que piensa distinto. Pregúntale de fondo ¿qué lo mueve a pensar lo que piensa y actuar como actúa? No tienes que estar de acuerdo, ni darle la razón, tampoco es necesario evangelizar a nadie con tu discurso, solo escúchalo y conócelo. Si logramos acciones de paz desde nuestras diferencias habremos aprendido una valiosa lección de convivencia que será un regalo invaluable para las generaciones que nos suceden. 

Te invito a escuchar al que piensa igual que tú, pregúntale lo mismo: ¿qué lo motiva a pensar lo que piensa y actuar como actúa? Si resuenas con lo que responden y tus palabras, pensamientos y acciones te incitan a construir, ¡sigue adelante! Si te incitan a destruir, ¡detente! Tu energía creativa habrá tomado un curso que nos afectará a todos y la huella que dejas en tu familia, tu barrio, tu ciudad, tu país y este planeta dejará cicatrices en todos, aún en aquellos que tanto amas. 

Como Martin Luther King decía: “lo que afecta a uno directamente, afecta a todos indirectamente. Nunca podré ser lo que debería ser hasta que seas lo que debes ser. Esta es la estructura interrelacionada de la realidad.” Así es que el hambre, la falta de oportunidades, la muerte y el dolor de aquellos que viven lejos de ti, en otras ciudades y otros estratos sociales de alguna manera también te afectarán.  Muchas tradiciones espirituales antiguas y ahora la ciencia advierte lo mismo que este gran hombre vio:  todos somos UNO y estamos conectados de muchas maneras, algunas insospechadas como aquellas bacterias del océano profundo que impregnan el oxígeno que respiramos en el centro del continente. Tu violencia o tu indiferencia a todos nos afecta. 

A la luz de esta premisa, nuestra responsabilidad es aún mayor. Lo que nos hacemos a nosotros, se lo hacemos al otro y lo que hacemos al otro nos lo hacemos a nosotros. Cuidemos y construyamos desde nuestras palabras, pensamientos y acciones ese camino hacia la dignidad que tanto reclamamos. Si protestamos actuemos en coherencia con lo que pedimos, si aceptamos el status quo respetemos al que no se conforma. 

Como decía Gandhi “no permitas que otros caminen por tu mente con sus pies sucios” y yo añado:  no camines por las mentes de otros con tus pies sucios. Cuida la información que compartes y la intención con que lo haces. 

Hoy sentí la prueba viva de lo sanador que resulta encontrarse desde las diferencias con objetivos comunes: el deseo de paz, la voluntad de unión y el amor por la patria y la humanidad.  Canté, bailé, medité y oré  en una plaza pública con absolutos desconocidos ofreciendo cada acto al bien común, al bien mayor y eso de muchas maneras trajo el bien individual a todos los que sonreíamos extasiados y esperanzados de ver que sí podemos convivir sin pelear aunque seamos diferentes.   

“La no violencia es un arma poderosa y justa que corta sin herir y ennoblece al hombre que lo maneja. Es una espada que cura.” MLK

María Paula Rueda Yepes

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